Siempre me ha llamado la atención la complejidad y multiplicidad de la civilización judía. Digo civilización porque la variedad de rasgos que componen la identidad judía entrelaza elementos religiosos, nacionales, culturales y sociológicos que son, sin lugar a dudas, mucho más que la mera suma de sus partes. Esto ha dado lugar, a su vez, a un acervo de tradiciones que destaca entre los pueblos por su profundidad y riqueza. La profundidad del pueblo judío se manifiesta aún en los rasgos más banales de nuestras costumbres, como puede ser un simple saludo de buenos augurios para el año nuevo.
Cientos, posiblemente miles de veces hemos saludado a nuestros seres queridos y a nuestros conocidos con el tradicional "Shaná Tová Umetuká" que proclama nuestros deseos de un año bueno y dulce; pero, ¿cuántas veces nos hemos detenido realmente a pensar en su significado? ¿Acaso un año bueno no es dulce por definición y viceversa? ¿Acaso no es éste un saludo redundante? Claro que no. La tradición judía exhibe en este pequeño detalle, una vez más, su infinita sabiduría.
Lo que es bueno no siempre parece bueno a primera vista. ¿Cuántas veces hemos estado en situaciones que pese a no ser cómodas en un primer momento, a la larga nos han resultado favorables? Lo que implícitamente expresa el saludo de Rosh Hashaná es nuestro deseo de que el año venidero no solamente sea bueno sino que también parezca bueno: que la bondad que Di-s derrame sobre nosotros no sólo sea percibida en el largo plazo, sino que se revele en forma manifiesta y visible, a través de bendiciones que nos alegren la vida en el día a día haciédola así más dulce.
Dicho esto, sólo me queda desearles un Shaná Tová Umetuká; que Di-s nos ilumine con Su presencia, y nos colme de alegrías y satisfacciones a nosotros, nuestros seres queridos, nuestra comunidad y a todo Klal Israel.
¡Jazak Ve'Ematz!
Nir Schlaen








