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Sheliaj Blog

Un poema sobre el Ken

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Les dejo este poema, escrito por Noah Sefchovich de 7mo H, que refleja seguramente el sentir de muchos chavos y chavas del Ken, pero que él tuvo la inspiración de poner en palabras, y no sólo eso, sino en rima!!! Aquí les va.

 

The Ken

Every time I go to Ken,

I feel like going to the lions den.

I go there looking for friendship,

to help me through any hardship.

 

We do a lot of sports,

of any kind of sorts.

We learn about Judaism,

without it, it's like falling in an abysm.

 

We have every week Peulot,

and with them I learn a lot.

The Madrijim are very caring,

and they love talking and sharing.

 

My favorite part is Misnon,

the food is second to none.

We wear the Tilboshet with pride,

and I wear it in every ride.

 

Going to the Majanot is exciting,

the advances are motivating.

It's an important decision for me to go to Ken,

I know it will make me a better man.

 

 

 

 

Antisionismo: El Heredero Directo del Antisemitismo.

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Odios contra grupos humanos, lamentablemente, han existido siempre. Estos odios de grupo generalmente derivan del prejuicio, es decir, de una actitud, creencia u opinión que se basa en una interpretación dogmática e incorrecta de la realidad. Entre estos, el antisemitismo destaca como el más antiguo, generalizado y permanente. Debido a su longevidad histórica y su extensión geográfica, el antisemitismo es único en su capacidad de adaptación a condiciones cambiantes y es practicado en por lo menos dos niveles: uno es  agresivo y militante, el otro es mucho más sutil y consiste en pasar por alto el primer nivel. El antisemitismo es, además, peligroso. Su virulencia hace que la hostilidad hacia los judíos estalle frecuentemente en violencia abierta: en casi todos los países en los cuáles hay o hubo judíos fueron en algún momento victimizados por su condición judía.

 

Algún incrédulo dirá que los judíos concedemos excesiva importancia, paranoica si se quiere, a las persecuciones. Lamentablemente, este artículo no está destinado para ese interlocutor imaginario. La ominosa historia de opresión y martirio del pueblo judío desde la antigüedad hasta nuestros días abarcaría tantas latitudes, tantas cronologías, tal número de prácticas discriminatorias u homicidas, que no sólo exceden el marco de este modesto artículo, sino que resultaría una tarea enciclopédica. Baste decir que los judíos fueron oprimidos en sociedades antiguas, medievales y modernas; paganas, monoteístas, agnósticas y ateas; feudales, capitalistas y comunistas. Si bien la Shoá llevó este fenómeno al paroxismo, no fue bajo ningún aspecto una anomalía histórica: en todo caso la violencia anti-judía ha sido la regla, no la excepción. Y es que en efecto, otro rasgo característico del encono antisemita es su obsesividad: no ve en el judío un enemigo, sino al enemigo por definición; enemigo que debe ser destruido de modo total. Existió durante siglos subyugando y aniquilando judíos, alcanzó su punto máximo durante el nazismo y, como veremos, está listo para continuar.

 

¿Significa esto acaso que todo el mundo odia a los judíos? Claro que no. La mayoría de la gente no está enferma con éste virus social. Pero la minoría que sí lo está es activa y militante, por lo que goza de amplia visibilidad social y muchas veces logra imponer los términos y el tono sobre los que se erige el debate público. Además, el antisemitismo, pese a ser una actitud intrínsecamente irracional, es expuesto por gente absolutamente racional en otros aspectos y ámbitos de la vida.

 

La 2da Guerra Mundial, a más de su corolario de miseria y muerte, tuvo dos consecuencias adicionales. Por una parte, el antisemitismo "tradicional" que pretendía erradicar al judío de la sociedad a través de impugnar su igualdad fue, al menos hasta el día de hoy, profundamente desacreditado y de este modo, mayormente desactivado. Por otro lado, la catástrofe que implicó la Shoá y el problema de los refugiados judíos de la posguerra, aceleró la realización de las aspiraciones nacionales del pueblo judío  dando lugar al nacimiento del Estado de Israel. Éste se convirtió en un refugio seguro para todos los judíos del mundo, y en un celoso guardián de los derechos de los judíos de la Diáspora. Luego de dos mil años de exilio, los judíos volvían a establecer una entidad soberana en su tierra histórica, recuperando de esta manera su lugar en el concierto de las naciones del mundo y transformándose así en sujetos de su propia historia, y no en meros objetos de la misma.

 

El renacimiento del hogar nacional judío, con todo, lejos de hacer desaparecer el antisemitismo, resultó en una mutación novedosa de éste que se convertiría en la variación más persistente del odio anti-judío en el mundo contemporáneo: el antisionismo. Vale aclarar que el término antisionismo no hace alusión a la crítica hacia políticas específicas del Estado de Israel, ni al desacuerdo con su gobierno, ambas actividades legítimas en el marco del intercambio intelectual y la acción política. Me refiero como antisionismo a la descalificación de plano de los sentimientos, intereses y aspiraciones nacionales de los judíos y a la categorización del Estado de Israel como un Estado ilegítimo que no tiene derecho a existir.

 

El antisionismo en sus variadas expresiones comparte con su predecesor sus aspectos característicos: su virulencia intransigente, su obsesividad patológica, su cosmovisión maniquea de la realidad, paradójicamente, muchas veces presentada en tono razonado, como si se tratara de una ideología, de una opinión informada y racional, y no del prejuicio elevado al lugar de la verdad. Por este motivo, precisamente, este nuevo fenómeno es tan efectivo: se ufana de que lo suyo no es odio a los judíos –argumento que muchas veces el propio antisionista incluso cree sinceramente- sino oposición política, "humanista", hacia el carácter "racista" y "expansionista" del movimiento sionista, del que éstas son características naturales e incorregible. Como correlato de esta caricatura del sionismo "colonial" y "belicista" se define al pueblo palestino como la población nativa, pacífica y milenaria, oprimida y desposeída por el sionismo. De aquí se deduce que Israel es un "cáncer" que hay que extirpar del Medio Oriente, y una amenaza, mejor dicho, la amenaza principal contra la paz mundial. De más está decir, ésta es una visión bastante distorsionada de lo que ocurre en Medio Oriente.

 

Al menos en teoría, y en vistas de que el sionismo es un movimiento político, el antisionismo podría ser un mero movimiento de oposición al sionismo, sin ninguna relación con el antisemitismo, especialmente cuando se presenta bajo su versión más moderada, evitando los excesos discursivos de la caricatura que ha modo de ilustración he esquematizado aquí. Un buen ejemplo de este antiisraelismo "moderado"  generalmente lo encarna la exigencia del derecho al retorno de los refugiados palestinos a suelo israelí, lo que de hecho virtualmente acabaría demográficamente con el Estado judío en el mejor de los casos, y llevaría a una guerra civil intercomunal en los escenarios más sombríos. Sin embrago, la naturaleza del antisionismo no debería dar lugar a confusiones.

 

No existe una "ideología" paralela que pregone la desaparición de otro Estado. Nunca hemos oído hablar de ideologías contra país alguno, salvo contra Israel (si existe, a decir verdad, una corriente de opinión catalogada como antiamericanismo, pero refiere a la oposición a las políticas globales de Estados Unidos, y no a su existencia como república). Aquí se trasluce el objetivo del antisionismo -la desarticulación de Israel en tanto Estado judío- y su fuerte parecido de familia con su predecesor: este último pretendía revertir la igualdad otorgada por medio de la ciudadanía a los judíos europeos durante la Emancipación, para removerlo de la sociedad; aquel procura convertir a Israel en "el judío" en la sociedad de naciones, con el fin estratégico de revertir el logro de la autodeterminación judía a través de la disolución de su Estado, con lo que desaparecería como actor independiente del sistema internacional. Ambos utilizan el prejuicio para legitimar la violencia.

 

Los principales exponentes de este antisemitismo de nuevo cuño son, sin lugar a dudas, el presidente venezolano Hugo Chávez y el mandatario iraní Mahmud Ahmadineyad, que encarnan la alianza entre una izquierda que ha perdido completamente el rumbo y la cabeza, y el fundamentalismo islámico, o islamo-fascismo. El primero, heredero directo de una tradición política antisionista de la izquierda,  que nace en el seno de la entonces Unión Soviética en los albores de la Guerra Fría, para expandirse luego por Europa y alcanzar Latinoamérica, progresión histórica que desarrollaré en futuros artículos. El segundo, tributario del Islam radical que, consciente de su incapacidad para vencer militarmente a Israel, mudó la disputa del campo de batalla propiamente dicho al plano de la opinión pública internacional, tratando de convencer a las masas de que Israel es un país tan malo y nocivo, que no tiene derecho a existir, y de que un mundo sin Israel sería un lugar mejor. En este sentido, se ha ido produciendo un deslizamiento estratégico esencial: ya no se pelea contra Israel para vencerlo militarmente; "se teatralizan" los combates contra Israel, para dañar su imagen pública por medio de criminalizarlo (como ilustra el incidente reciente con la flotilla, la aparición de una telenovela turca que muestra a los soldados israelíes asesinando mujeres y niños a sangre fría, la utilización de "escudos humanos" y un largo etcétera).

 

Esta alianza islamo-izquierdista está creciendo incluso dentro de los Estados Unidos, un aliado estratégico de Israel y un país que históricamente ha sido relativamente inmune al virus antijudío. En Estados Unidos el antisemitismo, si bien ha existido en casos aislados, ha sido más bien la excepción y no la norma. Los gobernantes norteamericanos expresaron usualmente su estima por el pueblo judío y el público norteamericano muestra mayorías consistentes de entre el 60 y el 70 por ciento que apoyan a Israel. Sin embargo, la retórica antiisraelí está formando nichos de opinión en las universidades, incluso en las más prestigiosas, como mostró este año la visita del embajador de Israel a la UC en Irvine. El peligro es que la gente común y corriente, la que no tiene una opinión informada sobre la cuestión, lentamente se acostumbre a ver a Israel como lo que sus enemigos dicen que es: el mal absoluto.

 

Esto no ocurre, claro está, de un día para el otro; sucede por capas. Referencias negativas sobre Israel aquí y allá, repeticiones maliciosas y tendenciosas, que a través de presentar con continuidad en el tiempo a Israel como el antisemitismo tradicional presentaba al judío, pueden ser más destructivos que las acciones violentas contra Israel en sí mismas: de a poco van estimulando el prejuicio y el odio, como el agua horada la roca. Se produce así un proceso de alteración por capas de la realidad que crea el mito de que Israel es violador de los Derechos Humanos; el único, o el mayor de ellos, y de que encarna la raíz de la violencia en Medio Oriente y en el mundo. Cada incidente, cada manifestación, cada artículo, es como una capa de barniz. Es invisible, no se ve, pero engrosa al objeto y le da un brillo especial. El peligro que al cabo de muchas capas, será una realidad completamente cubierta y lustrosa que nadie discutirá. La realidad se construye así, capa sobre capa. La ofensiva es mentirosa, malintencionada, pero contagiosa; en Europa y Latinoamérica hace rato se han convertido en el sentido común de los intelectuales y el sentir común de la sociedad.

 

El objetivo de legitimar abusos de todo tipo contra Israel por medio de calumnias  debería encender algunas luces rojas a los que intentan deducir ciertas reglas generales a raíz de la experiencia histórica. Este intento de paralizar –y eventualmente eliminar- a Israel por medio de su descalificación conceptual para atarla de manos ante los ataques de sus enemigos guarda un profundo paralelismo con las páginas más oscuras escritas en el siglo XX. Esta nueva forma del odio anti-judío es, huelga decirlo, potencialmente genocida. Más tarde o más temprano, la hostilidad termina traduciéndose en violencia legitimada; luego de haber generado la indiferencia y el acostumbramiento hacia ella, incluso su aceptación. No irrumpe de golpe, sino de modo lento pero seguro, adormeciendo conciencias, preparándolas para el odio y la violencia a gran escala, dejando a Israel tan aislado como quedó el judío durante la campaña antisemita de los nazis. Éstos nunca podrían haber cometido impunemente su plan criminal, de no mediar un proceso anterior de desvalorización del judío que a la postre tornó el programa en algo si no deseable, al menos tolerable.

 

Es por ello un deber fundamental de cada uno de nosotros actuar como representantes de Israel en todo lugar que podamos y trasmitir su mensaje de paz. No para convencer a los intolerantes, que sería una quimera, sino para inmunizar contra su discurso a las mayorías, generalmente silenciosas, pero de buena voluntad y amantes de la verdad, la libertad, la razón y la justicia. Éstas mayorías –y es fundamental que se lo hagamos saber- son nuestro aliado natural; la historia enseña que cuando esta enfermedad social comienza a extenderse sin ser denunciada y combatida, su odio voraz no se contentará sólo con victimizar a los judíos, sino que pronto se convertirá en una amenaza para el mundo libre en su totalidad, como sus máximos exponentes actuales no se molestan en ocultar.

Nir Schlaen

 

El Significado Profundo del Famoso "Shaná Tová Umetuká"

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Siempre me ha llamado la atención la complejidad y multiplicidad de la civilización judía. Digo civilización porque la variedad de rasgos que componen la identidad judía entrelaza elementos religiosos, nacionales, culturales y sociológicos que son, sin lugar a dudas, mucho más que la mera suma de sus partes. Esto ha dado lugar, a su vez, a un acervo de tradiciones que destaca entre los pueblos por su profundidad y riqueza. La profundidad del pueblo judío se manifiesta aún en los rasgos más banales de nuestras costumbres, como puede ser un simple saludo de buenos augurios para el año nuevo.

Cientos, posiblemente miles de veces hemos saludado a nuestros seres queridos y a nuestros conocidos con el tradicional "Shaná Tová Umetuká" que proclama nuestros deseos de un año bueno y dulce; pero, ¿cuántas veces nos hemos detenido realmente a pensar en su significado? ¿Acaso un año bueno no es dulce por definición y viceversa? ¿Acaso no es éste un saludo redundante? Claro que no. La tradición judía exhibe en este pequeño detalle, una vez más, su infinita sabiduría.

Lo que es bueno no siempre parece bueno a primera vista. ¿Cuántas veces hemos estado en situaciones que pese a no ser cómodas en un primer momento, a la larga nos han resultado favorables? Lo que implícitamente expresa el saludo de Rosh Hashaná es nuestro deseo de que el año venidero no solamente sea bueno sino que también parezca bueno: que la bondad que Di-s derrame sobre nosotros no sólo sea percibida en el largo plazo, sino que se revele en forma manifiesta y visible, a través de bendiciones que nos alegren la vida en el día a día haciédola así más dulce.

Dicho esto, sólo me queda desearles un Shaná Tová Umetuká; que Di-s nos ilumine con Su presencia, y nos colme de alegrías y satisfacciones a nosotros, nuestros seres queridos, nuestra comunidad y a todo Klal Israel.

¡Jazak Ve'Ematz!

 

Nir Schlaen